Humildad
La casa se mantenía en una ligera penumbra, como era costumbre. Olía a cerrado, a polvo acumulado en los libros que poblaban las estanterías de la sala central, a papel viejo. Y olía a infancia, a recuerdos hacinados en los que el tiempo se detenía mientras los pasillos se inundaban de olor a tostadas.
Sintió un escalofrío, breve, una sacudida. No todas las personas que habían
poblado aquel hogar habitaban ya este mundo y eso le arrancó una punzada de
nostalgia. No era persona de revisitar ese tipo de recuerdos, le incomodaba la
falta de control que sentía cuando el estómago se revolvía con emociones que no
acababa de entender. Una foto de la infancia con sus hermanos decoraba el
recibidor. Rodillas magulladas, caras sucias y una alegría que se antojaba muy
lejana.
No entendía muy bien qué impulso le había llevado a acudir allí aquella
tarde. Llevaba días con un desasosiego absurdo pese al frenesí de su rutina y
su trabajo y no lograba entenderlo. Quizá fue la esperanza de romper esa rutina
y encontrar algo nuevo con lo que ocupar la mente lo que le empujó a conducir a
las afueras de la ciudad para visitar la vieja casa de sus abuelos. Aunque había
algo con mayor magnetismo que no lograba comprender. No era hombre de
intuición, sino de razón. Los matices solían escapar a su entendimiento.
Dejó la chaqueta en el diván que hacía las veces de bienvenida o de espera
mientras su anfitrión se decidía a dejarle pasar. A estas alturas ya no pedía
permiso, simplemente entraba y se dejaba caer en el sillón orejero de la sala
principal mientras los libros que jamás leería le hacían compañía. Los clásicos
de la literatura pueden ser silenciosos compañeros que ocupan el tiempo que pasaba
desde su llegada hasta que los pasos cansados de su tío anunciaban su entrada a
través del umbral de la puerta.
-
Hola, querido
sobrino, ¿qué te trae hoy por aquí?
Aunque ya se había retirado, su tío seguía llevando el alzacuellos para
recordarle al mundo su vocación. Y, en especial, a sus sobrinos, quizá no a
todos, pero el mensaje estaba claro.
-
Pasaba por
aquí y creí que una visita podría ser de tu agrado.
-
Creíste bien,
hijo. Siempre sois bienvenidos en esta casa -. Se acomodó en el sillón
enfrentado no sin cierta dificultad -. Pero no me refería a eso. Hay algo más que
no me has contado y te atormenta.
Fijó sus pupilas vidriosas en él, escudriñando cada gesto y leyendo más
allá de lo que era evidente a la vista.
-
No hay nada,
tío, estoy bien. Solo quería hacerte una visita. Podemos jugar al ajedrez si
quieres, tengo tiempo.
-
Evadir mi
pregunta no calmará tu sed – suspiró mientras hacía un gesto de desdén con la
mano.
-
No insistas,
tío, estoy bien. Solo estoy agotado, están siendo semanas de mucho trabajo.
-
El descanso
es el alimento del alma.
-
Duermo bien y
también dedico tiempo a mis pasiones, no hay nada de qué preocuparse, es algo
pasajero. Confía en mí.
-
No me has
entendido.
El desconcierto se pintó en su rostro por un momento y luego dio paso a cierta
sensación de ira. Su tío era muy dado al misticismo y la espiritualidad, algo
que saltaba a la vista con la vida que había elegido para sí, pero detestaba cuando
comenzaba a divagar y a cuestionar todas y cada una de sus decisiones. Sabía
que no era el sobrino favorito, que tanto él como sus hermanos habían seguido
caminos diferentes que no acababan de encajar con los ideales de la familia.
Pero era algo que había superado hacía tiempo al aceptar que no necesitaba esa
aprobación para seguir adelante con su vida. El rencor tampoco formaba parte de
su relación con su tío, por eso sabía que parte de su deber era corresponder a
los lazos de sangre con compañía, especialmente ahora que la muerte pisaba los talones
del anciano sacerdote.
-
Te crees
estoico y lo que eres es soberbio, hijo. Y la soberbia es un pecado capital muy
grave…
-
Tío, no
empieces, por favor.
-
¿No vas a
permitir a este anciano que te dé un consejo?
Suspiró con fuerza, dejando patente su descontento ante el alarde de
victimismo y manipulación. Frente a su silencio, su tío continuó con la perorata y
él estaba muy dispuesto a no escuchar el rapapolvo que se le venía, una vez
más, encima.
-
Las heridas
te asoman en las comisuras de los ojos – lo miró fijamente y, pese a su
determinación de no escuchar lo que tenían que decirle, ese mismo magnetismo
que lo había arrastrado hasta allí le obligó a no ser fiel a su compromiso -,
pero no tienes la humildad para reconocerlo.
-
¿Humildad?
Tío, no me considero una persona prepotente, jamás me he creído superior al
resto.
-
No, no hablo
de ese concepto de humildad. ¿Tú te conoces?
-
Creo que está
claro que sí, tío, sé lo que quiero y lo que no, lo que debo hacer y lo que no,
soy una persona completa y autosuficiente. No me dejo guiar por las emociones,
suelo actuar primero con la cabeza…
-
Te equivocas.
-
¿Qué?
-
Te equivocas –
ratificó.
-
No entiendo.
-
Ese es el
problema, zoquete.
-
¿Perdón?
-
Que no
entiendes.
-
Me he
perdido.
-
Lo sé, llevas
perdido toda la vida.
El silencio se empezaba a tornar incómodo y el impulso de levantarse y
dejar allí a aquel viejo metomentodo empezaba a cobrar más fuerza.
-
Y ahora te
marcharás, te justificarás en tus acciones y seguirás en tu camino de vacío,
soberbia y soledad aparentemente elegida – agitó la mano despidiéndolo.
Llevar la contraria era una de sus pasiones, así que refrenó el impulso y
se quedó en silencio mirando fijamente al viejo, tratando de ganarle un pulso a
su ego.
-
No juegues a
esa estupidez – dijo como si pudiera leer sus pensamientos -. Uno ya no tiene
edad para juegos de niños enrabietados.
-
¿Por qué me
dices todo esto?
-
Porque es
cierto, pero nunca te has parado a escucharlo. No te conoces, hijo. Tu vida
está regida por el miedo y, lo peor de todo, es que no te has dado cuenta.
-
¿Miedo? Yo no
tengo miedo, tío, salta a la vista. Mi trayectoria habla por mí.
-
Esa última
afirmación es la única verdad que has dicho desde que has cruzado esa puerta –
sonrió con picardía -. Te temes a ti mismo, a tu corazón, a perder el control.
-
Al contrario,
me siento cómodo en la incertidumbre.
-
No, no ese
tipo de control. El control sobre lo que tu corazón dicta. Nombrar es algo que
no se te da bien. Nombrar es algo poderoso. Le da al hombre la capacidad de
entender, de dar entidad a las cosas, de mirarlas a los ojos desde el
conocimiento.
-
No entiendo
de nuevo.
-
¿Cuándo fue
la última vez que te dejaste invadir por la tristeza?
-
Eso es de
pusilánimes, no entiendo a dónde quieres llegar.
-
Ahí, precisamente.
No, no lo es, eso es de valientes. ¿Cuándo fue la última vez que confiaste en
alguien? La última vez que pediste ayuda.
-
Puedo
solucionar mis problemas solo, no necesito a nadie que se entrometa en mi vida.
Su tío negó con la cabeza suavemente y sus arrugas soportaron el peso de la
decepción.
-
La humildad
reside en eso. La humildad se les concede a los hombres que se reconocen
vulnerables, que se conocen y que entienden su propósito. Todos estamos llamados
a algo mayor en nuestras vidas, hijo. Todos tenemos un propósito, una misión.
La de algunas personas es, en apariencia, más loable que la que puedan tener
otras, pero todas son dictaminadas por el Señor. Y, por tanto, igualmente
respetables. Tú te niegas a entender ese propósito. Crees vivir en el control
de tu vida, racionalizar tus emociones. Te crees inquebrantable, independiente,
autosuficiente y capaz, pero te falta el coraje para enfrentar a tu verdadero
yo. ¿Te conoces en la tristeza? ¿Sabes cómo acompañarla? ¿Alguna vez te has
enfadado y has sabido perdonar? ¿Has cedido el control a otra persona que no
seas tú? ¿Has dado la oportunidad a alguien de conocerte en tu herida?
-
Eso no es
necesario para una vida plena…
-
Lo es. Y tu
negativa habla de tu falta de coraje más de lo que tú crees. El miedo no es el
enemigo. El miedo puede ser un aliado muy poderoso si sabemos dominarlo, pero
si le damos las riendas de nuestra vida, se convierte en la puerta por la que
entra el diablo. Y es entonces cuando tu propósito queda eclipsado por falsos
ídolos, falsas certezas, falsas guías. Pedir ayuda no es sinónimo de debilidad,
es, más bien, todo lo contrario. Es la fortaleza de reconocer tu incapacidad y
entregar el control a otra persona con el poder de suplir tus carencias. Y
hablo de fortaleza porque esa entrega implica que estás dispuesto a asumir
entre todas las posibilidades la de que esa persona te hiera profundamente.
"La humildad es
reconocerse imperfectos y entender que nadie es independiente en su totalidad.
El cojo se soportará sobre una muleta, el ciego sobre una guía, pero el triste
se refugiará en el amor de quien se prueba digno de ello. Créeme, es mucho más
difícil reconocer esto último que tragarse el orgullo y caminar sobre un bastón
cuando la edad merma tus capacidades físicas.
"La identidad no se
pierde en esos momentos de vulnerabilidad, al contrario, se enriquece. El hombre
humilde sabe ver que está conformado por todo aquello de lo que es capaz y por
todo aquello de lo que no. Hay una valentía muy grande en conocer las heridas
de uno, en aceptarlas, en identificarlas y en apoyarse en otros para superarlas.
Huir del dolor, castigarte hasta la extenuación para apagarlo es una cobardía
que, en esta sociedad en la que impera el estúpido empoderamiento tóxico, se
disfraza de coraje con mucha facilidad.
"La verdadera resiliencia
es la del humilde de corazón, del que lucha desde el dolor abrazándolo,
entendiéndolo, apoyándose en la comunidad, sacando la moraleja. Si no entiendes
la lección que Dios pone en tu camino con cada golpe, jamás te conocerás a ti
mismo y, por tanto, no reconocerás tu propósito. Y huir del dolor es otra forma
de regodearte en la tristeza, de victimizarte y de no actuar en la dirección en
la que estás destinado a hacerlo. Y eso es otro pecado que te acompañará el día
de tu juicio.
Terminado su discurso, volvió a sentir el peso de las viejas pupilas sobre
su rostro. Llevaba varios minutos mirando un punto fijo en la alfombra del
salón, sintiendo como afiladas navajas todas y cada una de las palabras de
aquel hombre. Una lágrima, invisible, rodó por su mejilla y se precipitó al vacío.
-
¿No me dices
nada? – su tío preguntó inquisitivo, tratando de levantar la mirada de su sobrino
del suelo.
-
No sé qué
decir, tío… Que no creo en nada de lo que me has dicho y que conozco los
motivos que me mueven a actuar como actúo.
-
Sin
plantearte siquiera por qué – la seriedad de su rictus era incluso peor que los
dardos que había lanzado en su dirección.
-
La razón y el
deber no tienen un porqué, tan solo tienen que ser atendidos.
Le devolvió la mirada y tras el velo que había apagado los iris de aquel
hombre con una oratoria entrenada a base de homilías y reflexiones en silencio,
de lectura y de oración, pudo leer una decepción tan profunda como su psique.
-
Se ha hecho
tarde para mi cena, hijo – su tío se incorporó, invitándolo a abandonar la casa
-. Vas a perdonar a este viejo. La medicación no entiende de esperas.
-
Claro, tío, perdóname.
Me ha alegrado verte.
-
No es cierto –
sonrió su tío no sin cierta condescendencia -, pero a mí sí. Conduce con
cuidado de vuelta, que nos conocemos – colocó dos palmadas cariñosas sobre su
hombro.
-
Descuida.
-
Me vas a disculpar
que no te acompañe hasta la puerta, pero creo que conoces el camino.
El viejo sacerdote se perdió por el pasillo en dirección a la cocina, dando a su sobrino por despedido. Este, por su parte, recogió su chaqueta y salió a la calle, recibiendo el aire fresco como un bálsamo. No era realmente la hora de cenar, no la de una persona de su edad, pero su tío ya contaba con alguna década que otra y la disciplina del seminario se la llevaría a la tumba.
Caminó hacia
el coche ensimismado en su pensamientos. Las palabras de su tío aún resonaban
en su mente, taladrando su conciencia. Se sentía en ruinas y no sabía bien cómo
afrontarlo. Al final de su jornada laboral, sin ropa de deporte para lanzarse a
correr por donde fuera y frente a un vehículo que sabía que si arrancaba sería
para revolucionar y poner en peligro su integridad. Le había prometido a su tío
que no lo haría. Si le hubiesen pedido que describiese su estado de ánimo en
ese momento, estaba convencido de que shock era la palabra.
Se sentó sobre el capó y decidió que mirar a un punto fijo en la acera
mientras se disociaba era la mejor opción hasta que sus tripas recobraran un
ritmo normal. Extendió un poco las piernas y, de repente, alguien tropezó sobre
ellas mientras maldecía intentando no encontrarse de bruces contra el suelo. Era
una mujer.
-
¡Disculpa, no
te había visto!
-
No te
preocupes, estoy bien – dijo más por corrección que siendo sincera.
No era una mujer, no una mujer cualquiera. Era su pasado y lo miró de
frente con una expresión que no lograba descifrar. Para ser honestos, jamás
había logrado entender un ápice de aquella mujer o, por lo menos, nunca había
hecho ese esfuerzo. Y ella lo sabía.
-
No esperaba
encontrarte por aquí – escupió él no sin cierto remordimiento.
-
Yo tampoco.
-
Espero que
estés bien.
-
Muy bien
gracias. Perdóname, no tengo tiempo de parar, llego tarde a mi cena. Espero que
tú también estés bien.
-
Bueno, podría
decirse que…
Pero ella se había marchado apresurada sin esperar una respuesta. No se
giró a comprobar, no volvió la vista en su dirección, sino que lo dejó con el
puñal de la indiferencia clavado en el pecho. Y él no lo sacó, lo dejó ahí,
dándole vueltas a lo que dijo su tío y, ahora, con un dolor en el pecho que
creía haber enterrado hacía tiempo.
Quizá su tío tenía razón, quizá llevaba toda la vida huyendo y, tras
trabajar mucho el músculo de la cobardía, todo lo que un día quiso, huía ahora
de él.
🩵
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