Gofre
La luz del sol se colaba por la ventana del dormitorio, se reflejaba en todos los rincones y teñía de rojo la atmósfera de aquella mañana fresca de principios de octubre. Otro amanecer que sumaba a su colección, esta vez acompañado de algunas nubes que aportaban a la estampa completa un toque artístico, pictórico. Observarlo a través de la ventana era un regalo que no se cansaba de atesorar. Se mantuvo unos minutos en silencio, mientras el sol ascendía y la imagen iba mutando hacia algo más ordinario, menos evocador, pero igualmente hermoso. O eso pensaba ella, capaz de ver la belleza donde otros veían solo rutina.
Se giró lentamente en dirección al cuarto de baño. Era fin de semana, pero estaba decidida a salir a caminar en medio de la naturaleza y cada vez anochecía más pronto, por lo que no tenía tiempo que perder. Se lavó la cara para despejarse y fijó la mirada en el espejo.
- ¿Quién eres? - se preguntó.
Llevaba varios días sumida en esa incertidumbre, en la incapacidad de reconocerse en el reflejo pese a haber tratado de darse una respuesta. El vacío en su pecho era casi asfixiante y la frustración crecía cada día que no lograba definirse, encontrarse. Cada día que no lograba dibujar un límite que aportara nitidez a la imagen borrosa que era ahora su personalidad. Un bucle vicioso del que salir se antojaba imposible.
- ¿Quién soy? - insistió.
Sin previo aviso sintió la humedad en su pantorrilla y dio un brinco que su corazón acompañó saltándose un latido.
- Gofre, ¡qué susto me has dado!
Tras topar con la trufa la piel cálida de su pierna para llamar su atención, el perro movió la cola respondiendo agitado al sobresalto de su compañera. En su maraña de pensamientos matutinos se había olvidado por completo de que, aunque a efectos prácticos vivía sola, la realidad era que jamás lo estaba desde que aquel animal había llegado a su vida. Y allí estaba, sin ninguna intención de ocultar su entusiasmo y buscando desesperadamente el contacto visual con ella para demandar su desayuno.
Lo miró con toda la ternura que despertaban aquellos ojos, limpios, sin malicia y cargados de la lealtad más real que había conocido, y no pudo contener una sonrisa.
- Ya voy, Gofre. Ahora te doy de comer.
Mientras cumplía su promesa, y se permitía ella el lujo de un buen desayuno que le aportara la energía que necesitaba en la caminata, volvió a sus rumiaciones. No sabía muy bien qué la había llevado a esa espiral de desconocimiento propio. Bueno, sí lo sabía, pero no encontraba el por qué ahora. Siempre había tenido claro lo que quería y hacia donde iba, pero esa especie de brújula se había vuelto loca y ahora giraba sin control y sin hallar el norte.
Gofre volvió a su lado y la miró desde el suelo suplicando por un pedazo de su desayuno. Ese perro podría haberse comido su propio peso en comida y, aún así, jamás dejaría de tener hambre. Se hizo de rogar, pero, al final, compartió parte de lo que estaba comiendo con él. Al fin y al cabo, el pobre animal también iba a darse un buen paseo por la montaña.
Lo miró desde arriba mientras el can clavaba las pupilas en su rostro, tratando de anticiparse a sus emociones para responder de la manera más diligente posible. Años de evolución para que su mayor propósito fuera la interpretación del sentimiento humano a través de micro expresiones faciales, gestos que ni siquiera otros humanos eran capaces de captar. Increíble, pensó. Ahí estaba, a sus pies de forma incondicional y sin plantearse si debía hacerlo. Simplemente estaba, amaba, veía, respondía.
- ¿Qué ves en mí, enano? ¿Qué ves en mí que yo no soy capaz de ver? - acarició el espacio entre las orejas y las sacudió. No pareció molestarle.
Su vida había cambiado de forma muy drástica en el último año y, aunque se sentía cómoda organizando el caos, había algunos cambios que le estaban pasando factura. Cambios que ponían patas arriba sus propósitos, sus proyectos, su dirección. Cambios que no venían tanto de los acontecimientos externos, como de rupturas internas, de cosas que había dado por hechas y que, ahora, carecían de sustento y sentido. Ideas, metas, luchas. No sabría bien cómo definir cada una de las piedras que se estaba desmoronando en su interior. Lo que sí sabía es que, a causa de ello, tenía que recolocarlas todas de nuevo, pero algo en su cabeza le gritaba que no lo hiciera en el mismo orden en el que lo había hecho siempre. Lo viejo ya no sirve, gritaba el eco de su conciencia. Lo que se derrumbó, lo hizo por un motivo. Construirlo del mismo modo solo te devolverá al fracaso.
Fracaso. Qué palabra. ¿Era su vida un fracaso? ¿Lo era ella? Se negaba a aceptar que lo que había peleado con tanto tesón fuera un callejón sin salida. Disfrutaba su trabajo, estaba en paz con su espacio, adoraba a aquel ser repleto de pelos que seguía sin apartar la mirada de su cara. Pero algo no estaba bien. Y seguía sin encontrar qué era lo que desentonaba con tanta fuerza en medio de este capítulo de su vida.
De pronto, un rayo cruzó su mente. Un momento de lucidez, de esos que te atraviesan el alma y te invaden con una paz inaudita.
- Soy yo - susurró en su momento de revelación interna -. Yo soy la que no encaja.
Su esencia seguía intacta, pero el contenedor en el que la guardaba se había quedado demasiado pequeño para el crecimiento que estaba experimentando tras las últimas circunstancias de su vida. Se estaba resquebrajando, incapaz de sostenerla. Y debía ampliar el horizonte de sus elecciones, de su ambición, de su amor propio. Sus viejos patrones y conductas estaban asfixiando a su nuevo yo.
Le devolvió la mirada a Gofre.
- Tú sí sabes quién soy, ¿verdad? Lo ves.
El perro, ignorante, abrió la boca en un gesto que se antojaba una sonrisa. Ella se la devolvió y se dijo a sí misma que era su pequeño ángel de la guarda.
- Tú lo ves. Ves quién soy. Ves mis emociones, el caballo desbocado que galopa en mi pecho. La intensidad de mi alegría, de mi amor, de mi tristeza, de mi frustración, de mi ira. Ves la belleza de mi alma, más allá de las sombras que a veces me entorpecen el camino. Ves mi afán por racionalizar todas y cada una de esas emociones, de encontrarles un porqué, una causa, un sentido. Lo rígida que me vuelvo cuando se manifiestan y no sé de dónde vienen. Y cómo las analizo mil veces hasta que doy con la pieza del puzle que falta. Ves mi torpeza, mi devoción por la música. Me ves bailar por las noches en la cocina. Ves mi pasión por fundirme en un paisaje, por ponerme en contacto con la naturaleza y cómo todo mi cuerpo abraza, disfruta el olor de cada pino, el canto de cada ave. Ves el dolor que me provoca la injusticia y no sentirme amada de vuelta en la misma medida, la asimetría de los corazones. Entiendes mi sacrificio, cómo se me frunce el ceño mientras me esfuerzo por lograr algo. Todo eso habla más para ti que mil palabras. Y, aunque no sabes si lo conseguiré, estás ahí y te mantienes a mi lado porque no entiendes otro modo de hacerlo.
Gofre inclinó la cabeza tratando de entender un discurso demasiado elevado para su especie.
- Estoy loca - dijo y soltó una carcajada cargada de musicalidad.
Y era posible, pero su locura transitoria, o lucidez, le estaba arrojando una verdad que permanecía oculta en una mente desbocada. Desbocada por la lógica que no le permitía ver más allá que teorías emocionales y resoluciones en direcciones equivocadas.
Negó con la cabeza y se puso en pie, seguida por su mejor amigo. Las botas fue lo último que se colocó antes de salir por la puerta, mochila sobre los hombros, mientras buscaba en la aplicación del móvil el punto de partida de la ruta.
- Ya verás, Gofre, en esta ruta hay agua. Vamos a pasarlo muy bien - le guiñó un ojo al perro y este le devolvió el gesto jadeando con cierta ansiedad.
Y así se lanzaron ambos a su pequeña aventura del día. Ella, sin miedo, indefinida, pero con una poderosa verdad con la que no temería teñir su voz si le preguntasen. ¿Él? Sin la más remota idea de lo que había pasado, fiel a su compañera y dispuesto a seguirla allá a donde fuera.
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