11. Incandescencia
Me gustaba la incandescencia de
su alma, la blancura de la pureza de sus sentimientos. Me gustaba lo complicado
que podía llegar a ser tratar de arrancarle una declaración, un sentimiento
materializado en palabras. Pero me gustaba más la facilidad inesperada con la
que lo decía en situaciones fuera del contexto de sus intenciones. Me fascinaba
su facilidad para hacerme reír, sentirme como en casa aunque estuviese a millas
de distancia. Y su descaro para reírse de mí sin que me ofendiera, siguiendo la
broma hasta que una carcajada me cortara la respiración. Me perdía en su mirada
de eterna oscuridad, en sus pupilas profundas que hablaban sin palabras,
sumiéndote en el pozo del entendimiento mutuo. “Me lees y yo te lo consiento,
pues, a cambio, recibo respuestas”. Su cautela, su niño interior, que lo
rodeaba de un aura de inocencia impropia de su edad. Ambos éramos complicados,
cada uno a su manera, y nos poníamos trabas el uno al otro de forma
intencionada, llenando de acertijos el juego de conocernos. Aunque de sobra
sabíamos el uno del otro, adorábamos la reinvención de situaciones, el lanzar
puentes sobre los ríos, uniendo así las orillas que quedaban separadas por el
paso de las aguas de la novedad. La novedad que creábamos al ocultarnos todo
aquello que callábamos tras una falsa confianza que no nos permitía ser francos
el uno con el otro. O quizá, era el miedo a un rechazo irracional que jamás
habría tenido lugar si hubiésemos sido lo suficientemente valientes como para
lanzarnos al agua sin taparnos la nariz ni cerrar los ojos. A solas, éramos
capaces de llenar los silencios, no tan sólo con palabras, sino con la
incandescencia de miradas furtivas, de sonrisas sin dueño, de caricias
prisioneras que lograban escapar, yendo a morir a nuestras manos, satisfechas.
Cuentan que te vieron llorar una vez y aún me condeno por ello, por no haber sido
yo quien enjugara tus lágrimas.
Con este secretismo, seguíamos
caminando el uno al lado del otro, separándonos, en ocasiones, al seguir
bifurcaciones que acababan muriendo en el mismo sendero. Temíamos hacerlo del
todo, aunque, a veces, pensé que era lo que tú deseabas. Pero siempre volvías
para tenderme una mano cuando andaba perdida y desconsolada por tu ausencia. Juntos,
ardíamos, pero jamás nos permitimos mostrarnos las llamas el uno al otro. El
orgullo nos cegaba, la cautela, el miedo, o lo que fuera. Las sofocábamos con
sonrisas, ocultando una mirada cargada de sentimiento. Cuando parecía que
faltaba poco para nuestro primer beso, sucedía algo que nos separaba, trazando
entre nosotros el muro del temor al fracaso, al rechazo. Y, así, seguíamos
nuestro juego del escondite particular, huyendo el uno del otro, deseosos de
encontrarnos en cada huida. No eran pocos los que tendían a adjudicarse el
papel de celestinos, sin éxito alguno, pues nuestras almas independientes
gozaban de la fortaleza suficiente para actuar sin intermediarios.
Independientes y asustadizas, sabedoras de la intensidad de su fuego, de la
fortaleza de sus raíces en la tierra fértil del amor, del sentimiento.
Lo éramos todo y no éramos nada.
Siempre juntos y siempre a parte, almas incandescentes que no se fundieron
jamás en una sola, tratando de protegerse, de no apagarse. Inútilmente.

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