5. Efervescencia
“Empezaba a perder el control
sobre mis piernas y mis pies. La música sonaba por encima de los latidos de mi
corazón acelerado por el ajetreo rítmico de mi cuerpo. Bailaba, no podía dejar
de hacerlo. ¿El motivo? No lo recuerdo, unas copas de más habían borrado de mi
memoria la causa de mi abstracción nocturna. Había perdido a mis amigos en la
oscuridad de aquel antro de suelo pegajoso y atmósfera húmeda. Me sobresalté al
encontrarte allí, con tu mano posada sobre mi hombro, la mirada severa, ni un
atisbo de sonrisa. El hielo de tus pupilas detuvo el frenesí alcoholizado de mi
cuerpo. Me arrastraste afuera con rígida delicadeza, pero yo no tenía miedo,
no. El viento me azotó el rostro inundándome con el olor de las flores
nocturnas del pequeño jardín que rodeaba el local. Cuando te plantaste frente a
mí, mirándome desde arriba pese a la altura adicional de mis tacones, la
frialdad en tu mirada había desaparecido y la había sustituido una candidez que
creía perdida tras la discusión dos noches atrás. “L me había dicho que
estarías aquí”, murmuraste con tu habitual timbre de barítono. Entonces y a
modo de disculpa me besaste lentamente y el entumecimiento del cansancio, la
pena y el alcohol se largó dando portazo y despertando en mi estómago la efervescencia
que solían causar tus besos en mí”.
“No sabía que la observaba, lo
hacía constantemente, pero los apuntes captaban más su atención. ¿Ella?
Preciosa en su sencillez, su pelo recogido y sus ojos enmarcados por las ya
habituales ojeras. ¿Yo? Supongo que por lo que solían comentar los que me
conocían tenía ese no sé qué que qué se yo como solían llamarlo. Las horas se
paraban, el reloj retrocedía y el profesor hablaba de temas sin importancia,
eclipsados por el vaivén de la cola de caballo mientras escribía. Incluso no
estando presente su imagen, su sonrisa desenfadada me invadían, tintando el
estudio del color de sus ojos y rescatando el aroma de su perfume. Se giró
movida quizá por la intensidad de mi deseo de cruzar miradas. Encontró a un
pobre memo observándola, pero su respuesta le arrancó a mi corazón un vuelco.
Sonrió y me miró con una ternura propia de sus cálidos ojos almendrados. Y mi
interior entró en una efervescencia propia de la esperanza y de la sorpresa”.
“Aquella cerveza no sabía igual
cuando no estaba todo el grupo reunido. Las risas, el murmullo, la música de
nuestro local favorito, la mesa que solíamos ocupar. Esa maldita manía de
viajar al extranjero en busca de nuevas aventuras, del oficio soñado, de un
idioma que incluir en el currículum. Había sido la persona con la que más había
compartido, mi fiel compañera de batallas, mi amiga, mi confidente. Ahora su
silla la ocupaban un montón de abrigos y bolsos. No obstante, aquella noche se
sentía algo diferente en el ambiente del grupo, una excitación sin motivo
aparente que fijaba en los rostros de mis amigos una sonrisa nerviosa y un
parpadeo constante ocultando la desviación de sus pupilas hacia un rincón de la
estancia. La puerta se abrió, amortiguado el sonido por la batería de la canción
que sonaba ambientando. Su silueta quedó enmarcada por la iluminación nocturna
de la calle y ¿mi reacción? Me alcé como si un resorte hubiera activado mi
movimiento y con la efervescencia propia de la emoción me lancé a sus brazos,
nos fundimos en un abrazó al que pronto se sumaron más miembros de nuestra
variopinta pandilla”.
“Podría ser mi hermana, pero no
tenía derecho a actuar así. Su egoísmo a veces conseguía sacarme de mis
casillas. Aquella vez había revuelto mi armario en búsqueda de algo con lo que
sorprender a su nueva conquista. Y, para colmo, se había hecho con mi vestido
favorito el que, probablemente, volvería contaminado de algún perfume masculino
desconocido, algún resto de la cena, maquillaje o vete a saber qué. La detuve
en el recibidor de casa dejando caer el peso de mi mano sobre su hombro. Me
hervía la sangre y pronto estallamos en una disputa efervescente que acabó con
un portazo por su parte y un silencio sordo que amortiguó el paso furioso de
sus tacones en el rellano”.
Dedicado a P.C.H.

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