27. Sempiterno


Hacía tiempo que temía caer en el olvido, que le aterraba pasar por la vida sin dejar huella, o que dichas huellas las borrara el mar del ostracismo. Lo único que conseguía darle sentido a su vida, a sus actos, a su ser, era dejar constancia de su estancia en el mundo, de las cicatrices o los rincones que había ocupado en los corazones de aquellos que habían hecho un alto en el camino para compartir su tiempo a su lado. No sabía qué podía pasar si llegaba la gélida muerte a llamar a su puerta. La promesa de la vida eterna que hacían algunos no conseguía apaciguar sus temores, pues no acababa de convencerle algo que no había visto por sí mismo.

Amaneció como lo hacía cada día en el que sentía el privilegio de abrir los ojos desde su cama. Era un día como otro cualquiera, pero le removía un sentimiento que hablaba de cambio, de descubrimiento. Quizá su última experiencia lo había empujado a sentirse miserable, a reprocharse la pérdida de tiempo que había supuesto. Quizá su afán por hacer las cosas bien lo había cegado, pues un error no supone malgastar el tan valioso tiempo que se nos brinda, sino emplearlo de manera diferente. Las emociones fuertes no son siempre sinónimo de vida, ni que las cosas nos sonrían. Los jarros de agua fría y las decepciones complementan los momentos de júbilo y las buenas experiencias. En parte, la necedad humana se sustenta en creer que la vida es una sucesión de buenas imágenes y que, las malas, no merece la pena almacenarlas en el recuerdo para echar la vista atrás y aprender de ellas.

En el centro de la ciudad habían montado pequeñas casetas repletas de libros y la gente se agolpaba rebuscando ofertas o ejemplares que se habían resistido hasta el momento. Aquella feria era la excusa perfecta para regalarse un capricho o iniciarse en la lectura o en un género que hasta ahora no se había probado. Algunos autores firmaban ejemplares de su última obra y los entregaban con una sonrisa a sus lectores más devotos. Se paró frente a una de aquellas casetas, la más solitaria, en la que un hombre leía a la espera de clientes. Levantó brevemente la cabeza y volvió a sumergirse en la lectura al comprobar que su posible cliente tan sólo ojeaba lo expuesto. Tomó un título y lo observó largo y tendido: “Los mitos de Cthulhu” de Lovecraft. Le habían hablado de él como muy recomendable, pero no llevaba intención de comprar nueva lectura para la mesilla. Últimamente, tenía abandonados a sus fieles amigos, demasiadas cosas en la cabeza que necesitaban salir. No obstante, aquel libro le hizo pensar en algo y, mientras observaba el título y a su autor, reflexionaba y gestaba una nueva idea en su mente. Recolocó el libro y partió hacia la papelería más cercana. Le llevó una media hora encontrar una en la que hubiera exactamente lo que buscaba. No conocía la zona y andaba un poco perdido, pero la búsqueda dio sus frutos, en una tiendecilla en la que cientos de antigüedades recubrían los estantes. Un cuaderno, una portada sencilla, pero digna de lo que buscaba hacer. No andaba en busca de un diario, tampoco quería convertirse en uno de los títulos que aparecían en aquellas casetas una vez al año, no tenía ambiciones de fama o reconocimiento en ese aspecto. Buscaba algo diferente, y no era plasmar sus memorias. Pagó su nueva adquisición y partió ansioso de vuelta a casa con el libro bajo el brazo.

Resguardado bajo su techo y la intimidad de su salón, abrió el cuaderno y escribió una frase que dejaba bien claras sus intenciones. “Dedicado al futuro, a mi descendencia si la hubiere y a todo aquel que me considere o me haya considerado parte de su historia”. Decidió guardar en él todo lo que le había entusiasmado, dañado, construido. Arriba de la frase escribió un título en mayúsculas y cuidada caligrafía: SEMPITERNO.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Humildad

Gofre

Sueño de una noche de verano - Tolerante