Febrero en Venecia


Venecia y sus más de 400 puentes se convertía en un maravilloso laberinto para huir de la gente. Aunque no se trataba de la mejor época del año para ello. Febrero y su carnaval inundaban las calles cruzadas por canales de coloridos disfraces y máscaras.

Había llegado a la ciudad persiguiéndolo, dado que su errático estilo de vida lo conducía a emprender los más maravillosos viajes que nadie pudiera imaginar. La única salvedad es que jamás lo hacía por placer, sino por trabajo. Lo cierto es que no era ella siempre la persecutora, sino que, en ocasiones, se convertía en la presa de sus ávidos ojos verdosos y su mente inquieta y ambiciosa. Un juego de sombras que no parecía querer tener fin, pues alimentaba una llama prendida por un fuego que unía sus facetas más pasional y racional.

Vagó por la ciudad en busca de alguna pista que le indicara su paradero. Hacía frío y la humedad acentuaba esa sensación, pero eso no la detuvo. El ambiente festivo de las calles dificultaba el encuentro y pugnaba por frustrar su búsqueda. Hacía un año que se habían cruzado accidentalmente en el puente que cruzaba el Gran Canal, un encuentro fortuito en el que él, huyendo como se encontraba de unos malcarados matones, la agarró por la cintura y la besó sin darle tiempo a reaccionar. Pasado el peligro, una sonora bofetada hizo eco sobre el puente y él, a modo de disculpa, la invitó a cenar por haberle salvado la vida, aunque de forma involuntaria.

Y, de ese modo, con las continuas persecuciones habían forzado al destino a cruzar sus vidas una y otra vez en numerosas cafeterías de La City, en ciudades de distintos continentes y en hoteles que acababan siendo testigos de una pasión encendida y caricias que se desvanecían con el alba.

Venecia, la ciudad del amor decían algunos y, ahora, tan bulliciosa y poco íntima, tan repleta de color. Un color que contrastaba intensamente con el gélido aire invernal que se deslizaba entre las callejuelas adoquinadas. Tan renacentista, tan única, tan contradictoria.

El trasiego de los vaporetto que traían a decenas de turistas le arrancó un profundo suspiro que sonó a desesperación. No se trataba de tarea fácil y creyó haber fallado tras horas errando por las calles. En sus encuentros y persecuciones medían sus inteligencias, con un desafío casi violento, un desafío que, inexplicablemente, les excitaba. Pero no de una manera vulgar, era una atracción profundamente mental que afloraba como deseo físico.

¿Por qué eran así? Se preguntaba de forma constante. Dos bichos raros con un irracional temor a la estabilidad y al compromiso. Dos amantes que no seguían ningún tipo de canon natural, que vivían caminando por un límite que casi cortaba sus pasos. Recordó sus ojos escrutándola con una dulzura arrogante, como casi todo lo que era suyo, en su peculiar rostro de exóticos rasgos. El atisbo de una sonrisa que asomaba por sus comisuras cuando descubría algo nuevo en sus pupilas o cuando intuía sus pensamientos.

Por primera vez en un largo año de incesante movimiento, había perdido en su juego particular. Por primera vez desde que la sorprendió y se sorprendió a sí mismo escapando de un fatal desenlace, había sido derrotada. Interpretó su frustrado intento por mantener el juego vivo la conclusión del mismo. La clausura de su intrépida y alocada aventura.

Y así, de forma inconsciente, sus pasos la arrastraron hasta el puente que cruzaba el Gran Canal. Azares del destino o de su subconsciente. Ensimismada en el atardecer, el baile de la luz sobre el agua, las barcazas con su vaivén rítmico, no reparó en la sombra que se acercaba por su espalda. En ocasiones, Venecia podía ser peligrosa, especialmente para alguien que anda en solitario.

Se sobresaltó y a punto estuvo de perder el equilibrio a través de la baranda cuando la misteriosa figura se situó a su lado, mirando en la dirección en la que inicialmente miraba ella. Iba enmascarado y ataviado con un elegante disfraz negro con capa y sombrero. El miedo se desvaneció en el mismo instante en el que descubrió en el desconocido a quien andaba buscando.

-          Sabía que te encontraría aquí.
-          Llevo todo el día buscándote – el reproche que quiso imprimir en sus palabras sonó más bien a alivio.
-          También lo sé – se giró hacia ella descubriendo su rostro y esbozando una sonrisa arrogante y divertida -. Has fracasado porque acabo de llegar.

El alivio pareció convertirse en ira y su rostro se ensombreció al escuchar la sentencia. Él, en cambio, estalló a reír y sus carcajadas hicieron eco en el puente.

-          Me encargué de que creyeras que estaba aquí – su voz sonó limpia tras la risa.
-          Una buena forma de darme a entender que querías desprenderte de mí.
-          No – esta vez sonó conciliador -, mi pretensión no era esa – se acomodó sobre la barandilla del puente, la cabeza ladeada y la mirada fija en la suya -. No habría sido divertido que tú me encontraras. No hoy – ella continuó mirándolo con la vehemencia que provocaba la ira que la invadía -. Hace un año que yo te encontré aquí´. Sabía que seguirías las falsas pistas que fui dejando y que acabarías, frustrada, recostada sobre este mismo puente, creyendo que habías sido derrotada en un juego en el que solo estabas tú. Jamás dudo de tu inteligencia, pero me has concedido el privilegio de tu confianza y eso te ha cegado.

Reinó un silencio sepulcral en el que ella devolvió la mirada al canal, tratando de serenar su ímpetu y de dejarse arropar por la idea de una intención que trataba de ser romántica. Respiraba lentamente mientras las gaviotas sobrevolaban el agua en busca de algo que llevarse al estómago en las turbias aguas que se colaban por debajo del puente.

-          ¡Oh, vamos! – él era impaciente, perfeccionista y esperaba buenos resultados de forma inmediata a sus acciones. Su tono conciliador se tintaba ahora de una frustración que su arrogancia solo permitía expresar a modo de acusación - ¿Qué posibilidades había de repetir este encuentro si no era de este modo? Nunca he querido alejarme de ti desde que tropecé contigo en este puente hace un año. Nuestra vida no es idílica, no se rige por patrones establecidos ni alrededor de un núcleo familiar solido con un perro encantador. Tu capacidad para entenderlo es una de las cosas que más me gustan de ti. ¡Estás estropeándolo todo con ese ceño fruncido!

Nuevamente silencio. Estaba tan ofuscado con su fracaso que no fue capaz de ver la sonrisa que comenzaba a asomar por sus comisuras. Ahora era él el que miraba hacia el agua, dejando su perfil recortarse por las sombras que comenzaban a preceder a la noche.

Fue rápido, como un acto reflejo. El hecho de que él se hubiera colocado un par de escalones más abajo restó la dificultad que imponía su altura. Tomo su rostro entre sus manos y lo besó. Lo besó sin darle tiempo a reaccionar, del mismo modo que, hacía un año, hiciera él en ese mismo puente. Pero esta vez no hubo reproche, disculpa ni agresores. Toda su arrogancia se derritió al notar sus labios y la envolvió como solo él sabía.

-          Te invito a cenar – dijo mientras la abrazaba con fuerza.
-          Pero esta vez elijo yo, la última vez la pasta era horrible.

Ambos rieron y se perdieron entre las callejuelas y el alboroto de una Venecia que, aunque festiva y abarrotada, guardaba algún rincón para la complicidad y una buena conversación acompañada de un buen vino. Esta vez, las caricias no se desvanecerían con el alba por primera vez desde que se conocieran.

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