Marzo en Valencia
Quizá sea por su luz, por su
claridad, ese brillo característico en su atmósfera o la viveza de su cielo,
que no he logrado encontrar en ninguna otra ciudad. Una luz que Sorolla plasmó
a la perfección en sus pinturas. Quizá sea por su olor a azahar al llegar la
primavera, inundando sus calles y embriagando sus paseos. También puede ser su
mar, cálido y acogedor. El olor a salitre que invade los paseos a la orilla de
la playa. La facilidad de poder disfrutar de la caricia de la espuma en los
tobillos mientras sientes la arena ceder bajo tus pies. Quizá sea el saber que
puedo escaparme a disfrutar en cualquier momento de ello, de sus pinos
mediterráneos mientras asciendo la Mola o el Garbí o de sus calas si me escapo
recorriendo las costas de sus dominios, con su agua cristalina y sus arrecifes
modestos. Puede ser que el contraste que se recrea en sus huertos, que crecen
en la propia ciudad, recordando su naturaleza, me haya cautivado en mis
escapadas en bicicleta. Sus barracas, sus arrozales y la riqueza de la
Albufera. Allí he vivido los mejores atardeceres y, a su espalda, el
Mediterráneo me ha regalado al Sol tiñendo de malva el cielo de la Malvarrosa.
O puede que haya sido la Luna, famosa por su embrujo, con expresión propia y
una magia incomparable en este cielo.
Creo que ha sido su pequeño casco
antiguo, su catedral con su erguida torre, sus edificios aún en pie o los
vestigios de su muralla. La convivencia de culturas, todas en un mismo espacio,
que han enriquecido su arquitectura. Sus innumerables mercados, su Lonja de la
Seda o los patios de la calle Caballeros. También sus iglesias como Santa
Catalina, la Basílica, Santa María del Mar o la pequeña joya hasta hace poco
desconocida, San Nicolás a la que apodan la Capilla Sixtina. También son sus
Poblados Marítimos creando un mundo aparte, tan distintos, tan humildes e
impregnados del carácter de sus gentes. Del Cabañal, tierra de pescadores, con
sus casitas de arquitectura única, del Grao con su Santa María del Mar y su
historia. Del puerto, cambiante y capaz de albergar tanto, especialmente mis
paseos en tardes de desidia y de evasión. O de su arquitectura moderna, tan
polémica como hermosa, que crea su propia ciudad al final del antiguo cauce. Y
éste, a su vez, antiguo lecho del Turia, jardín repleto de actividad, pulmón de
la pequeña jungla de asfalto. O de otros jardines, como el rincón de paz que es
Monforte, las tardes cálidas en los Viveros, con sus Ferias del Libro y sus
conciertos en la Feria de Julio o el lago del Parque de Cabecera que te abre una
ruta en bicicleta siguiendo al Turia. Sus calles cuentan historias que se
desconocen, albergan rincones con fecha propia y curiosidades que enamoran.
O, pienso, pueden haber sido sus
fiestas. Sus Fallas, Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, repletas de fuego,
sin temor a la pólvora y capaces de enamorar a cualquiera con sus increíbles
monumentos. Con su capacidad para quemar en una sola noche el trabajo de todo
un año, sin amilanar a sus artistas, los arquitectos de unas obras efímeras
que, con cada llama, ven crecida su pasión y vocación, encontrando la fuerza
para, al año siguiente, crear otra maravilla. Su Semana Santa Marinera, con sus
procesiones únicas y con la devoción de sus cofrades pintada en el rostro con
cada golpe de tambor. Su Feria de Julio, repleta de actividades culturales que
inundan las calles con música, invitando a los ciudadanos a participar y que
cierran, cada sábado, con un castillo de fuegos artificiales frente al mar que
no deja indiferente. Su 9 d’Octubre y su San Valentín propio. Cuentan que
fueron las frutas que se entregaron a la reina Doña Violante de Hungría en la
toma de la ciudad. Así, Sant Dionís con su Mocaorà,
ablanda el corazón de los enamorados valencianos, teniendo más fuerza que otros
festejos.
Quizá sea su gastronomía, que
regala los dulces típicos de Pascua a niños y adultos. Los mazapanes con los
que se deleitan los enamorados o los que nos recuerdan a los que ya se fueron
el día de Todos los Santos. Su gran variedad de arroces, aunque el protagonismo
lo tenga la paella que, por mucho que intenten imitar, jamás lograrán igualar.
Por eso que dicen de “Como en casa, en
ningún sitio” y la receta no acepta variaciones incoherentes si se quiere
seguir llamando paella. Su dieta mediterránea, sus hortalizas y sus deliciosos
cítricos. El mejor limón ya sabemos de dónde es, pero la mejor naranja crece en
estos campos.
También tienen sus pueblos una
magia especial, algunos de ellos entre la lista de los más bellos del país,
albergando sus propias tradiciones y que suponen un mundo aparte al de las
ciudades. Las 3 ciudades que integran la Comunidad, cada una con su
idiosincrasia. Su riqueza cultural, sus dos idiomas y el carácter emprendedor
de sus gentes. Los tres sectores están presentes en su cultura, siendo una
comunidad de peso industrial, turístico y agrícola.
Creo que no es sólo uno de los
ingredientes mencionados, sino todos ellos los que se han hecho un enorme hueco
en mi corazón. Creo que cada persona nace con una ciudad ideal a la que llamar
hogar. Algunos no alcanzan a encontrarla, otros pasan años en búsqueda de su
calidez. Confesaré que me siento
afortunada, pues la vida ha querido que yo haya nacido en casa. Sólo pido a la
vida que, si algún día he de partir, a mi muerte me devuelvan a esta tierra si
en vida no lo consigo, a descansar con los míos y a devolverle a mi casa la
vida que un día me dio.

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