Enero en Londres


Cuando le preguntaron dónde querría pasar el fin de año, respondió Londres sin pensarlo. Recordó la calma que reinaba en aquella ciudad pese a su descomunal tamaño y extensión. Nunca imaginó, no obstante, que acabaría siendo así. Se encontró vagando por famosos clubs de la mano de aquellas personas que se habían convertido en sus nuevos amigos, pero echó de menos el calor de su hogar y felicitar con un cándido abrazo a los de toda la vida. Enero se anunciaba frío en aquella madrugada de Año Nuevo, con una ligera niebla flotando por las calles de edificios bajos. La ciudad oxidada, la habían bautizado los suyos, con la humedad del Támesis ascendiendo por sus márgenes, oxidando las fachadas.

Tras media hora de música a ritmo desenfrenado, alcohol y celebración, decidió huir de aquel antro repleto de lentejuelas y tacones afilados para perderse entre las calles que lo habían empujado a elegir la ciudad como destino. Vagando, topó con la Torre de Londres, majestuosa entre la neblina, con sus cuervos de brillante plumaje paseando por el césped de sus jardines.

No sabía cuánto tiempo llevaba sin rumbo alguno cuando, siguiendo el río, se encontró con la famosa noria bautizada como London Eye. Recordó a Charlotte, cogiéndolo de la mano mientras ascendían en una de sus cabinas para obtener la esperada panorámica de parte de la ciudad. Aquella mujer había sido uno de los motivos que lo había empujado a establecer su residencia en la capital de las islas británicas. La nostalgia y su perfume invadieron sus sentidos y, por un momento, el dolor de la pérdida lo cegó con una ira que no sentía desde hacía meses.

Amaneció entre las cornisas de cientos de tejados y la neblina nocturna tiñó la luz de la aurora de un blanco mortecino. El metro funcionaba, así que, sin pensarlo lo tomó y se plantó en los jardines de Kensington, aún desiertos, tranquilos. La atmósfera de soledad, solo perturbada por las aves que comenzaban su jornada, le permitió evadirse de una realidad que empezaba a ahogarlo. Se encontraba en una de las ciudades más cosmopolitas, cuna del progreso y la revolución industrial, de férreas costumbres. Una ciudad en la que muchos desearían encontrarse, con su escaso tráfico, pese a su carácter de gran ciudad, con una atmósfera de calma y respeto en sus calles. Pero, tras tiempo allí, echaba de menos lo suyo y el vacío que había dejado en él Charlotte no ayudaba. Cuando creyó encontrar la plenitud se la arrebataron y ese agujero no había conseguido llenarlo hasta el momento. Empezó a ahogarse en aquellos vastos jardines y huyó como un niño asustado, de nuevo, al metro. Aquel gusano siempre en movimiento por los túneles subterráneos, lleno de caras desconocidas que se movían de un lado a otro. Se sentía más cómodo rodeado de rostros anónimos, que no reparaban en él.

Tras hacer varios transbordos de una línea a otra de forma azarosa, evitando quedarse quieto, decidió salir de la ciudad para no ver a Charlotte en cada uno de los rincones del subterráneo, besándolo sin aviso mientras esperaban al siguiente metro, sorprendiéndolo con su sonrisa infantil cuando bajaba su mirada. Apareció en Greenwich, que lo recibió con el Cutty Sark restaurado tras el incendio. Pero no fue aquello lo que lo atrajo, sino la universidad y la colina que ascendía hasta el observatorio. La ciencia era una de sus pasiones y aquel lugar era, cuanto menos, emblemático en cuanto a esta materia se refería. Colina arriba, empezó a notar el cansancio debido a las horas de sueño que le había robado al cuerpo. El meridiano lanzaba un haz de luz marcando su posición, apenas perceptible con el sol ya alto. Colocó un pie a cada lado de la línea, uno en cada hemisferio. Sonrió al pensar en la diversión infantil del acto, pero, por un momento, sintió que parte de la ceniza que cubría su corazón se desvanecía. Acto seguido, se sentó en la barandilla que coronaba la colina y observó la ciudad con aparente ausencia. Sabía que le quedaba un largo enero por delante, frío y repleto de obligaciones, pero aquel día uno, decidió algo que lo ayudó a motivar a su alma para hacer frente a aquel invierno. Aquel enero no fue el primero en la ciudad que abrazaba al Támesis, no sabía si sería el último, pero lo que podía asegurarse a sí mismo era que sería el detonante de un cambio. Un cambio que nada tenía que ver con Londres, ni con su trabajo, sino consigo mismo.

Bajó de la barandilla y, no sin despedirse del observatorio con una mirada y una sonrisa, emprendió el camino de vuelta a casa, colina abajo, directo, para empezar, a recuperar las horas de sueño perdidas.

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